Una lectura político-comunicacional a partir del Estudio de Opinión Pública de Fundación Libertad y Desarrollo, elaborado por CID Gallup, mayo 2026.
Por : Juan Pablo Castillo/ CEO Founder/ Politicomms

Las campañas electorales no empiezan cuando se inscriben los candidatos, ni cuando se imprimen los primeros afiches, ni cuando los partidos lanzan sus eslóganes. Empiezan antes, en un territorio menos visible pero mucho más decisivo: el estado emocional de la sociedad.
Antes de que una persona decida por quién votar, primero interpreta cómo vive, qué teme, qué espera, qué rechaza y en quién todavía podría confiar. Por eso, un estudio de opinión pública no debe leerse únicamente como una fotografía de preferencias, sino como una radiografía del vínculo entre ciudadanía, poder, expectativas y malestar.
El Estudio de Opinión Pública de Fundación Libertad y Desarrollo, correspondiente a mayo de 2026, ofrece una señal clara: Guatemala se aproxima al ciclo electoral de 2027 con una ciudadanía profundamente distante de los partidos, presionada por el costo de vida, preocupada por la inseguridad, desconfiada de las elecciones y poco convencida de que las instituciones políticas puedan resolver sus problemas cotidianos. El dato más revelador es que el 90% de las personas consultadas no declara partido político preferido, mientras la evaluación de los diputados es mayoritariamente negativa y la confianza en elecciones limpias y transparentes para 2027 se mantiene baja.
A partir de esos datos, puede hablarse de una figura política emergente: el votante huérfano. No necesariamente un ciudadano apático. No necesariamente un votante antipolítico en sentido absoluto. Más bien, un ciudadano sin pertenencia partidaria clara, sin confianza plena en las instituciones, con demandas materiales urgentes y con disposición a escuchar a quien logre traducir el malestar en una promesa creíble de orden, alivio y resultados.
El votante huérfano y la crisis de representación
La baja identificación partidaria en Guatemala no es un dato menor. En términos de comunicación política, constituye uno de los hallazgos más importantes del estudio. Cuando nueve de cada diez ciudadanos no reconocen un partido político preferido, el sistema no está frente a un electorado estructurado por lealtades partidarias fuertes, sino frente a una ciudadanía disponible, desconfiada y emocionalmente abierta a nuevas ofertas de representación.
Este fenómeno puede leerse a la luz de Mair (2013), quien analizó el vaciamiento progresivo de los partidos políticos y su pérdida de capacidad para articular vínculos estables entre ciudadanía y Estado. En Ruling the Void, Mair advierte que las democracias contemporáneas enfrentan un problema de desconexión: los partidos conservan funciones institucionales, pero pierden densidad social, arraigo ciudadano y capacidad de representación.
Guatemala parece expresar este fenómeno en una versión aguda. Los partidos existen formalmente, compiten electoralmente, ocupan espacios legislativos y movilizan recursos, pero no logran convertirse en identidades políticas profundas para la mayoría de la población. Esto modifica por completo la lógica de campaña. Ya no basta con activar una marca partidaria. Tampoco basta con asumir que el voto se ordenará alrededor de ideologías estables. En un contexto de orfandad partidaria, la competencia se desplaza hacia la credibilidad personal, la narrativa emocional, la presencia territorial, la utilidad pública y la capacidad percibida de resolver problemas.
Manin (1997) también ayuda a comprender esta transformación. Su concepto de “democracia de audiencia” describe el desplazamiento desde una política organizada principalmente por partidos de masas hacia una dinámica donde la imagen, la comunicación pública y el liderazgo personalizado adquieren un peso creciente. En sociedades con baja identificación partidaria, los votantes no necesariamente siguen estructuras; observan rostros, gestos, relatos, trayectorias y señales de carácter.
Esto tiene una implicación estratégica para Guatemala rumbo a 2027: la próxima campaña no se jugará únicamente en la competencia entre partidos, sino en la disputa por quién logra representar mejor el enojo, el miedo, la esperanza y la demanda de resultados de una ciudadanía que no se siente políticamente contenida.

El malestar material como eje de la conversación pública
El estudio de Fundación Libertad y Desarrollo muestra que el costo de vida ocupa un lugar central en la percepción ciudadana. En mayo de 2026, una mayoría significativa considera que el costo de vida ha subido mucho en comparación con cuatro meses atrás. Además, casi la mitad de los consultados afirma que en el último mes le faltó dinero para comprar comida para su familia.
Este dato debe leerse con cuidado. No se trata únicamente de una preocupación económica abstracta. Se trata de una experiencia cotidiana que atraviesa el hogar, la mesa, el transporte, las deudas, los medicamentos, la educación de los hijos y la posibilidad de proyectar futuro. La economía, en este escenario, no es solamente un tema técnico. Es un hecho emocional.
Kahneman (2011) explica que buena parte de las decisiones humanas se procesa desde sistemas intuitivos, rápidos y emocionalmente condicionados. En política, esto significa que la percepción del presente puede pesar más que los indicadores macroeconómicos. Una familia puede escuchar que hay estabilidad, crecimiento o inversión, pero si en su hogar el dinero no alcanza, la narrativa oficial pierde fuerza.
Haidt (2012) también recuerda que los juicios políticos no nacen exclusivamente del razonamiento frío. Muchas veces surgen primero de intuiciones morales y emocionales, y luego se justifican racionalmente. En ese sentido, el costo de vida puede convertirse en una emoción política: frustración, enojo, abandono, miedo al futuro o sensación de injusticia.
Para cualquier campaña, este será uno de los desafíos centrales. No ganará quien hable de economía de manera más técnica, sino quien logre convertir la economía en lenguaje cotidiano. La ciudadanía no pregunta solamente por crecimiento económico. Pregunta si alcanzará para comer, para movilizarse, para estudiar, para pagar medicinas, para conseguir empleo o para no migrar.
Aquí aparece una regla estratégica: la economía electoralmente relevante es la economía que se siente en la vida diaria.

Seguridad: la demanda de autoridad
La medición de Fundación Libertad y Desarrollo también muestra una preocupación fuerte por la inseguridad. La percepción de incremento del crimen y la delincuencia se mantiene alta, y la firmeza contra la delincuencia aparece como una de las características más importantes que debería tener el próximo presidente.
Este hallazgo anticipa uno de los campos narrativos más sensibles de la campaña 2027. La ciudadanía está demandando orden. Pero el concepto de orden puede ser disputado desde distintas visiones. Puede construirse como autoridad democrática, seguridad ciudadana, justicia efectiva y fortalecimiento institucional. Pero también puede ser capturado por discursos autoritarios, punitivos o de mano dura sin controles.
La comunicación política democrática tiene aquí un reto fundamental: no abandonar el tema de seguridad por temor a parecer conservadora o represiva. Si los actores democráticos no construyen una narrativa sólida de autoridad legítima, otros actores llenarán ese vacío con respuestas simplificadas.
La firmeza contra la delincuencia no debe quedar en manos exclusivas de discursos autoritarios. Puede comunicarse desde una idea distinta: firmeza con ley, inteligencia criminal, prevención, recuperación territorial, persecución de estructuras, fortalecimiento policial, justicia funcional y protección real de las familias.
En términos de campaña, seguridad no es solo un eje programático. Es un marco emocional. Habla del miedo a salir, del temor por los hijos, de la desconfianza en la autoridad, del cansancio frente a la impunidad y de la necesidad de sentir que alguien tiene control.

Democracia sin traducción cotidiana
Uno de los datos más delicados del Estudio de Opinión Pública de Fundación Libertad y Desarrollo es la debilidad de la preferencia democrática. Solo una parte de la población afirma que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, mientras otro segmento importante declara indiferencia entre un régimen democrático y uno no democrático, o considera que en algunas circunstancias un gobierno autoritario podría ser mejor.
Este dato no debe interpretarse únicamente como rechazo a la democracia. Puede interpretarse también como agotamiento frente a una democracia que muchos ciudadanos no sienten eficaz, cercana ni protectora.
Norris (1999) propuso el concepto de “ciudadanos críticos” para referirse a personas que pueden valorar principios democráticos, pero al mismo tiempo desconfiar profundamente del desempeño de las instituciones. Esta distinción es útil para Guatemala. Muchas personas pueden no querer una dictadura, pero tampoco sienten que la democracia actual les resuelva la vida.
Rosanvallon (2008) ha señalado que la desconfianza se ha convertido en una forma central de relación política contemporánea. La ciudadanía no solo participa votando; también vigila, sospecha, rechaza, protesta y evalúa constantemente a quienes ejercen poder. En Guatemala, esa desconfianza tiene raíces históricas, institucionales y materiales.
Castells (2009) también advierte que la crisis de legitimidad se profundiza cuando las instituciones dejan de representar emocional y simbólicamente a la ciudadanía. Cuando la gente siente que el sistema político habla un idioma distinto al de sus problemas, la democracia pierde capacidad de adhesión.
Por eso, defender la democracia no puede reducirse a repetir consignas institucionales. Debe traducirse en beneficios cotidianos:
- Democracia es que no te roben el voto.
- Democracia es que el dinero público llegue a hospitales.
- Democracia es que una corte no sea capturada por intereses oscuros.
- Democracia es que una persona pueda reclamar sin miedo.
- Democracia es que la autoridad tenga límites.
- Democracia es que el Estado sirva y no abuse.
La defensa democrática que no toca la vida cotidiana corre el riesgo de hablarle solo a los convencidos.
El país de los desafíos de campaña
El estudio de Fundación Libertad y Desarrollo no solo mide opiniones. También dibuja el terreno estratégico de la próxima campaña. Ese terreno puede resumirse en siete grandes desafíos.
Primer desafío: hablarle a una ciudadanía sin partido
La ausencia de identificación partidaria obliga a construir mensajes menos endogámicos. Las campañas no podrán depender únicamente de militancia, logotipo o consigna. Tendrán que hablarle a una ciudadanía que no se siente parte de ninguna estructura y que probablemente evaluará candidaturas desde criterios más pragmáticos: quién entiende mi problema, quién tiene carácter, quién parece capaz, quién no se ve igual a los demás.
Segundo desafío: convertir el malestar económico en propuesta creíble
El costo de vida, el salario, la comida y el empleo serán campos decisivos. La promesa económica no puede quedarse en generalidades. Debe ser comprensible, concreta y emocionalmente cercana. Las campañas deberán explicar cómo sus propuestas impactan el bolsillo, el hogar y el futuro de las familias.
Tercer desafío: disputar seguridad sin regalar el tema al autoritarismo
La demanda de firmeza es real. Ignorarla sería un error. Pero responder con simple mano dura también puede ser peligroso. El reto será construir una narrativa de seguridad democrática: fuerte contra el crimen, pero respetuosa de la ley; firme con estructuras criminales, pero protectora de derechos ciudadanos.
Cuarto desafío: reconstruir confianza electoral
La baja confianza en elecciones limpias y transparentes para 2027 es un problema estructural para el sistema. Las campañas deberán cuidar su legitimidad, evitar prácticas que parezcan anticipadas o abusivas y construir confianza desde la transparencia, la coherencia y el respeto a las reglas.
Quinto desafío: evitar la campaña anticipada burda
El estudio muestra reservas ciudadanas frente a actividades de promoción antes del periodo oficial. Esto obliga a una estrategia más inteligente. Antes de pedir voto, los liderazgos deberán construir sentido público: agenda, causas, fiscalización, presencia territorial, pedagogía y utilidad ciudadana.
Sexto desafío: pasar de actividades a resultados
La mala evaluación de los diputados confirma que comunicar reuniones, citaciones, conferencias o foros no es suficiente. La ciudadanía no quiere solo actividad política; quiere utilidad pública. La pregunta estratégica debe cambiar: no qué hizo hoy el político, sino qué problema ciudadano ayudó a resolver.
Séptimo desafío: construir liderazgo con carácter y empatía
El próximo liderazgo competitivo tendrá que combinar atributos que muchas veces se presentan como opuestos: firmeza y sensibilidad, honestidad y capacidad de ejecución, cercanía y autoridad, visión democrática y respuesta efectiva al miedo ciudadano.

La batalla por el encuadre
Entman (1993) explicó que el encuadre consiste en seleccionar ciertos aspectos de la realidad y hacerlos más visibles para definir un problema, interpretar sus causas, emitir una evaluación moral y proponer una respuesta. En campaña, quien define el encuadre dominante suele tener ventaja.
En Guatemala, el encuadre de 2027 todavía está abierto. Puede ser una elección sobre continuidad o cambio. Sobre seguridad. Sobre corrupción. Sobre costo de vida. Sobre democracia. Sobre castigo a la clase política. Sobre orden. Sobre empleo. Sobre futuro.
Lakoff (2004) sostiene que los marcos importan porque estructuran la forma en que las personas comprenden la realidad política. Los datos no hablan solos. Necesitan un marco que les dé sentido. Por eso, una campaña no puede limitarse a enumerar cifras o propuestas. Debe construir una historia moralmente comprensible.
La pregunta central será: ¿qué relato logra organizar mejor el malestar guatemalteco?
- Un relato posible será el del orden.
- Otro, el del alivio económico.
- Otro, el del castigo a los corruptos.
- Otro, el del rescate democrático.
- Otro, el de la renovación contra la vieja política.
La campaña ganadora probablemente no será la que use solo uno de esos marcos, sino la que logre integrarlos en una narrativa creíble: orden sin autoritarismo, alivio sin populismo irresponsable, democracia sin abstracción, anticorrupción con resultados y liderazgo con capacidad de ejecución.

Conclusión: quien entienda el malestar tendrá ventaja
El Estudio de Opinión Pública de Fundación Libertad y Desarrollo, mayo 2026, deja una conclusión estratégica: Guatemala no entra al ciclo 2027 con una ciudadanía políticamente enamorada, sino con una ciudadanía cansada, desconfiada y exigente.
El votante huérfano no está esperando un partido al cual pertenecer. Está esperando una respuesta en la cual creer. No necesariamente busca ideología; busca certidumbre. No necesariamente quiere más propaganda; quiere señales de solución. No necesariamente confía en la política; pero sigue necesitando que la política vuelva a servirle.
El gran desafío de campaña no será únicamente ganar visibilidad. Será construir confianza en un país que no cree fácilmente. No será solo instalar rostros. Será demostrar carácter, capacidad y comprensión del dolor ciudadano. No será únicamente hablar de democracia. Será mostrar por qué la democracia puede proteger la vida concreta de las personas.
El 2027 no se definirá solamente por quién tenga más estructura, más pauta o más presencia territorial. Se definirá por quién logre interpretar mejor a un país presionado por la economía, temeroso por la inseguridad, distante de los partidos y urgido de resultados.
En ese escenario, la comunicación política no puede reducirse a slogans. Debe convertirse en lectura social, estrategia narrativa y construcción de confianza.
Porque la gente no está pidiendo más política. Está pidiendo que la política vuelva a servirle.
Referencias
Bauman, Z. (2000). Liquid modernity. Polity Press.
Castells, M. (2009). Communication power. Oxford University Press.
Entman, R. M. (1993). Framing: Toward clarification of a fractured paradigm. Journal of Communication, 43(4), 51–58.
Fundación Libertad y Desarrollo. (2026). Estudio de opinión pública: Mayo 2026. Fundación Libertad y Desarrollo.
Haidt, J. (2012). The righteous mind: Why good people are divided by politics and religion. Pantheon Books.
Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.
Lakoff, G. (2004). Don’t think of an elephant! Know your values and frame the debate. Chelsea Green Publishing.
Mair, P. (2013). Ruling the void: The hollowing of Western democracy. Verso.
Manin, B. (1997). The principles of representative government. Cambridge University Press.
Norris, P. (1999). Critical citizens: Global support for democratic government. Oxford University Press.
Rosanvallon, P. (2008). Counter-democracy: Politics in an age of distrust. Cambridge University Press.









